Aquellos que nos dedicamos a observar, explorar, identificar nuevas oportunidades y conseguir que se pongan en marcha generando valor (con más o menos acierto) hace ya tiempo que hemos visto que una de las características fundamentales de los tiempos actuales es basar las propuestas en tratar de “acertar” en aquello que las personas desean. Algunas veces se hace por pura intuición (así lo cuentan los que conocen la historia de la disrupción de Steve Jobs con su teléfono de un solo botón) y otras lo hacemos de forma más sistemática preguntando, analizando, observando in situ. Tratamos de situar a la persona en el centro tratando de entender cómo vive, como consume, como se relaciona…

Por este motivo me resulta curioso ver disputas como la que actualmente invade nuestro sistema de transporte como el taxi o los VTC donde la mayor parte de los argumentos que uno escucha están relacionados con la regulación, la protección de uno u otro sector, los derechos adquiridos o simplemente la forma en como siempre se han realizado las cosas. Y digo que es curioso porque en ninguna de estas conversaciones, tertulias, informaciones periodísticas o análisis más o menos profundos aparece el usuario del servicio, es decir aquél que decide, por el motivo que sea, invertir una parte de su dinero en garantizar un trayecto desde el punto A hasta el punto B.

Soy plenamente consciente que tocar un tema como este en el momento actual es sinónimo de contentar a unos y cabrear a otros, nada más lejos de la realidad, pero me gustaría aportar un punto de vista para la reflexión. ¿Qué pasaría si le preguntáramos a los usuarios sobre el transporte que quieren tener? ¿Y los servicios asociados? En la sociedad actual en la que pregonamos la libertad, la capacidad de poder tener pensamiento propio y los derechos a expresarlo (siempre sin colisionar con los derechos ajenos) es aberrante que el usuario no tenga ni voz ni voto en este conflicto.

Un nuevo modelo, encarnado por empresas como Uber o Cabify, disrumpte de forma brutal un sector que claramente estaba anclado en un modelo pasado, no orientado al usuario ni a los servicios de valor añadido (reserva previa a través de app, pago con tarjeta o directamente desde la app, wifi en el taxi, elección de música… por poner sólo algunos); y sucede lo mismo que en otros sectores, lo nuevo no cumple la normativa, ataca la forma de subsistencia de los que ya estaban antes, deja en segundo lugar las condiciones laborales de quienes lo protagonizan (como sino hubiera taxistas asalariados de otros taxistas o empresas cobrando un suelo bajo). Y eso nos lleva a un marco mental creo que equivocado: nuevo contra viejo; ilegal contra legal; precarización contra seguridad.