La reacción suele ser siempre la misma: ¿por qué lo haces?

Cada vez que muestro en una clase, conferencia o en una presentación con un cliente cómo hacer check in en foursquare o mis tweets acerca de cómo entreno para preparar una triatlón me acaban preguntando porque comparto esa información.

Y mi respuesta siempre es la misma, ¿tu pregunta no es la adecuada? Tu pregunta, desde un punto de vista de marca, de empresa, debería ser, ¿qué puedo hacer yo para sacar partido de ello?

Existe un grupo de seres, cada vez más numerosos, que decidimos compartir ubicaciones físicas (con foursquare, por ejemplo), afinidades y gustos (haciendo “i Like” en Facebook), pasiones (contando en runnkeeper nuestros entrenos) o opiniones (con comentarios en Twitter).  Y si, seguro que sería interesante saber porque compartimos (existen movimientos muy interesantes en esa línea como el sharismo), identificar insights y predecir comportamientos, pero mientras tanto, seguro que las marcas no pueden aprovechar esta información y adaptar sus propuestas a lo que les contamos.

Lo digital ofrece la posibilidad de poder escuchar y actuar, de forma rápida y personalizada. En vez de cuestionarse porque somos freaks, porque le contamos al mundo nuestra vida (que por cierto es una decisión personal de cada uno), quizás las marcas podrían preocuparse por lo que ellas pueden hacer con esta información que les regalamos.

Queréis algún dato… según la infografía adjunta actualmente compartimos 4.000 millones de contenidos en redes sociales…. ¿de verdad que todavía te importa el porqué compartimos?