stopCuando Starbucks nos pide que aportemos ideas para el desarrollo de nuevos productos o mejores servicios (wifi gratuita, palitos que no sean de madera…) nos parece una iniciativa muy 2.0. En el momento en el que Pepsi propone a sus clientes que le ayuden a diseñar la lata visualizamos una empresa que entiende lo que significa crowdsourcing. Cuando Doritos monta un concurso anual buscando el mejor anuncio elaborado por sus clientes para ponerlo durante el descanso de la SuperBowl, ponemos a la marca como ejemplo de la conversación. Y podría seguir hasta que nos cansemos de leer.

Y llega Twitter, pide a los usuarios (como ya hiciera Facebook) que colaboren (de forma libre) en la traducción de la página, y se despliegan una red de criticas basadas en si “hacemos el trabajo de forma gratuita” o “colaboramos en que los traductores se queden sin trabajo“. Y a mi, personalmente, se me ocurren 3 conceptos básicos:

  1. ¿por qué se aplaude a algunas empresas cuando piden e involucran a sus usuarios en el desarrollo de nuevos productos y se castiga a otras cuando hacen lo mismo?
  2. ¿por qué hay quien dice en la red lo que tienen que hacer o lo que no tienen que hacer los usuarios? Acaso no somos personas libres que podemos decidir si traducimos o no.
  3. ¿por qué hay que “proteger” a los traductores profesionales y no, por ejemplo, a los consultores que compiten con los clientes en los ejercicios de crowdsourcing de las marcas o a los diseñadores que compiten con los clientes cuando una marca pide a los clientes colaboración para diseñar su logo?

Estoy traduciendo Twitter porque es un servicio que uso y quiero que esté en castellano (y espero que más adelante en catalán), porque son las lenguas que uso y con las que me siento cómodo y porque creo que, customizando las herramientas y lo servicios a la lengua de cada uno hacemos que estos tengan un potencial de uso mayor. Y si el camino es que cada uno traduzca un poco… pues dejemos que cada uno decida, no?